Todo comenzó cuando después de vivir y viajar por varios países del mundo representando diplomáticamente a México, por la actividad de Arturo, regresamos al país para establecernos en la Capital. Llegamos directamente de Bélgica con tres perros: WINNIE, un hermosísimo cocker spaniel blanco y negro, hijo de padre campeón y quien estuvo a nuestro lado por 19 años como un miembro más de la pequeña familia, que éramos, junto a SAID y LORENCITO, sus descendientes. Lo que comenzamos a ver por las calles de la Ciudad de México y que seguramente existía desde siempre, para nosotros resultó ser nuevo y terriblemente triste, sobre todo acostumbrados a ver otro nivel de trato para los animales en otras partes del planeta. Perros vagando por las calles, enfermos, sarnosos, esqueléticos, madrecitas desnutridas con las tetitas casi rozando el suelo y buscando afanosamente agua y comida, perros atropellados por doquier o en espera de la caridad humana de la que dependían para comer colocándose muy hábilmente al lado de los puestos callejeros de comida, siendo la mayor de las veces alejados de los mismos a patadas, cubetazos de agua, escobazos, pedradas y rociadas de aceite hirviendo. Todas esas escenas que aún hoy día lamentablemente pueden verse por todas partes, nos dolieron inmensamente. Sin saber realmente qué hacer, cómo empezar a cambiar esa situación, nos propusimos iniciar ayudando a los perros que iban atravesándose en nuestro camino. Un día nos fijamos en dos que alegre y fielmente acompañaban todos los días a los muchachos que venían en un camión recolector de basura. Aparentaban ser definitivamente felices con su libertad, sus amigos y su trabajo.